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“La gente no tiene para comer porque el salario no da para nada”



Si hay un indicador que aterra en Venezuela es el de la hiperinflación. Aunque los saltos diarios son de tal magnitud que se han hecho incuantificables para el ciudadano común, la más reciente proyección del Fondo Monetario Internacional (FMI) indica que la inflación se disparará a 1.000.000% para fines de 2018. Así lo reseña correodelcaroni.com

Por María Ramírez Cabello

Carmen Blanco, una española de 70 años nacida en Galicia, dice que el caos económico la ha hecho decidir hacer maletas para volver a su país natal este mismo año, tras 47 años viviendo en Venezuela. Es asistente administrativa en una zapatería ubicada en el Centro Comercial Ciudad Alta Vista II y le ha tocado ver el descalabro de las ventas, la difícil contratación de personal y la cada vez más espinosa sobrevivencia de las empleadas del local.

“La inflación es tan inmensamente grande que la gente no tiene para comer y no porque no tenga trabajo, sino porque el salario no da para nada. Jamás en mi vida pensé que en Venezuela íbamos a llegar a esto”.

Blanco llegó a Venezuela para reunir dinero hace más de cuatro décadas, cuando la moneda venezolana era fuerte, rememora. El país la cautivó y echó raíces. “Venezuela acogió a mi familia y a gente de todo el mundo y me da mucha tristeza ver que tanta gente de todos los estratos se tenga que marchar para poder comer”, expresó.

El giro económico que ha resultado en una pérdida del poder adquisitivo sin precedentes ha sumido en pobreza extrema a buena parte de la población e impide a las familias venezolanas lograr los alimentos para las tres comidas diarias o proveerse de medicamentos en caso de enfermedad.

“Prevemos que el Gobierno seguirá registrando grandes déficits fiscales, financiados exclusivamente con la expansión de la base monetaria, lo cual seguirá alimentando la aceleración de la inflación a medida que la demanda de dinero siga desplomándose”, apuntó el FMI, que compara la situación proyectada para Venezuela al cierre del año con la Alemania de 1923 o Zimbabwe a fines de la década de 2000.

“El colapso de la actividad económica, la hiperinflación y el deterioro cada vez más grande de la oferta de bienes públicos (salud, electricidad, agua, transporte y seguridad), junto con la escasez de alimentos a precios subsidiados, generaron grandes flujos migratorios, que intensificarán los efectos de contagio a países vecinos”, agregan.

A Rosa Herrera, una comerciante de 60 años que gerencia una tienda de vestidos en el Centro Comercial Ciudad Alta Vista II, la mantienen las ganas de sobrevivir. Aunque su tienda está desierta de clientes, asegura que seguirá con las puertas abiertas hasta que Dios decida, pese a que reconoce que lo más inteligente en el actual contexto hiperinflacionario sería mantener el negocio cerrado.

“La hiperinflación es aterradora y es preferible tener el negocio cerrado que abierto, porque vendo tres vestidos y cuando voy a reponer mercancía solo puedo comprar uno”, explica. La escalada de precios, indica, le impide adquirir nueva mercancía. “Se trabaja solo con lo viejo, no hay mercancía nueva”, agrega.

Como ella, Pilar Amarista, propietaria de una tienda de alimentos, considera que todos los mercados se volverán exclusivos en la medida en que los precios sigan al alza. “Una persona que gana salario mínimo no puede comprar ni un litro de aceite. Hasta comprar comida será posible para unos pocos mientras la crisis continúe”, lamenta.

“Todos los días debemos ajustar precios porque de lo contrario no se pueden reponer inventarios. La inflación ha vuelto tediosa la gestión empresarial y la vida de todos”, señala.

El retroceso de la actividad productiva quedó también reflejado en los números del FMI, que proyecta una reducción del producto interno bruto de 18% al cierre del año, el tercer año consecutivo de caídas de dos dígitos del PIB real “a causa de la reducción significativa de la producción de petróleo y las distorsiones generalizadas a nivel micro, que se suman a los grandes desequilibrios macroeconómicos”.

Canasta disparada y salario carcomido

La escalada de los precios se evidenció esta semana en la difusión del alza de la canasta básica familiar, que repuntó 117,2% en junio hasta ubicarse en Bs. 654.214.674,03, de acuerdo con el boletín del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM).

El salto indica que una familia, integrada por cinco miembros en promedio, requería en el sexto mes del año el equivalente a 7,3 salarios mínimos diarios, fijado actualmente en 3 millones de bolívares al mes, un monto insuficiente para un día de alimentación.

La incesante variación de precios ha obligado a empresas públicas y privadas a elevar sueldos como única opción para retener el personal y mantenerlo motivado, compensaciones que en algunos casos van acompañadas con otras estrategias que integran lo que los analistas denominan salario emocional.

La firma Econométrica recalcó, en su último informe, que el salario mínimo más el bono de alimentación fue, en el pasado, una importante referencia para las compañías a la hora de establecer y fijar salarios. No obstante, en la actualidad, la hiperinflación y las medidas adoptadas por el Ejecutivo han condenado al salario mínimo a la irrelevancia.

La consultora indica que en lo que va de año se han registrado cuatro modificaciones al salario mínimo más bono de alimentación, pero en un contexto de elevada inflación no se ha podido preservar el poder de compra del salario mínimo. De hecho, Econométrica estima que la caída del poder de compra del salario mínimo es alrededor de 96% respecto a finales de 2012.

“El poder de compra del salario mínimo más bono de alimentación en junio fue menos de 2% del que tenía a finales de 2007”, agrega.

En medio del deterioro socioeconómico, resalta, el Gobierno ha implementado mecanismos de control político a través de transferencias directas de dinero mediante el carnet de la patria y transferencias en especie como la entrega de alimentos de los comités locales de abastecimiento y producción (CLAP). Econométrica estima que la caja, que posee en promedio 11 productos, tiene un valor de mercado de Bs. 44.301.860.

“El gobierno parece haber logrado generar una estructura para mantener cierto flujo de alimentos a la población y con ello, además, profundizar el control político. Bajo esta óptica, es perfectamente comprensible que el Ejecutivo no esté particularmente interesado en generar las condiciones para recuperar el poder de compra del salario mínimo más bono de alimentación”, señala.

Entendiendo que en el sector público es más factible condicionar estos mecanismos a la permanencia en los sitios de trabajo, la firma señala que el sector privado no tiene la capacidad de coacción que puede ejercer el Ejecutivo sobre los trabajadores “y tiene que necesariamente buscar mecanismos de compensación e incentivos para poder retener y motivar a sus trabajadores”.

“Para un trabajador en el sector privado con salario mínimo más bono de alimentación y sin otros beneficios, sería más rentable permanecer en casa que asumir los costos de traslado por una compensación cuyo poder de compra a precios de mercado sería extremadamente baja”.

De allí que la firma recomiende a la empresa privada no esperar a que el Ejecutivo decrete aumentos de salario mínimo para modificar los salarios. “Retener y motivar a los trabajadores en un entorno económico tan hostil es primordial. Para ello es necesario desacoplar la política salarial de las empresas de aquella llevada a cabo por el Ejecutivo. La política salarial de las empresas en esta circunstancia debe incluir cierto grado de indexación salarial”.






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