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Esperar horas por la ‘rifa’ de un puesto se ha vuelto rutina en las paradas de Maracaibo

Nadie se salva. Todo el que no tiene carro y que forma parte de los miles de marabinos que se mueven en el transporte público deben esperar, hasta una hora por cada parada, para intentar abordar una unidad colectiva.


 Un intento que se vuelve casi una rifa. A la escasez de unidades se suman los colados, las paradas paralelas, los pasajeros que se suben fuera de la cola y pagan doble. Por eso, todo se vuelve una odisea.


“Hay que salir muy temprano, hasta madrugar con el peligro que eso implica”, se quejó Adriana Matehus, una de los más de cien pasajeros que esperaban en la cola de Galerías-5 de Julio. “La inversión de tiempo y dinero es grandísima. Son Bs. 800 por un pasaje en una buseta donde viaja el doble de la capacidad”, argumentó.
No le falta razón. Los colectores se han vuelto expertos en ‘apiñar’ a los pasajeros. En cada espacio se puede. Uno más. Otro. Guindando de puertas y ventanas. La necesidad se convierte en audacia.
Isabel Castillo se mueve, todos los días, desde El Marite a su trabajo en San Francisco. “Voy a tener que renunciar. No descanso. En la noche es peor: peligro de atracos, la angustia de pensar que ya no hay más buses. Es terrible”, cuenta.
Atravesar la ciudad le cuesta, en promedio, “más de seis mil bolívares diarios. Eso si se paga el pasaje justo”.
La interrogante de Castillo la disipa Yuraima Osuna, una operadora de call center que vive en Cuatricentenario. “A las 6:00 pm, el pasaje cuesta tres veces más. Ellos hacen su ‘agosto’ y uno, por la inseguridad, decide pagar lo que sea”, explica.
 A ella, como a Carlos Macías, los ha afectado el déficit de unidades. “No sé cuántos carros faltan”, razona un chofer de La Limpia. “Son muchos. Uno también padece por la delincuencia y por la inflación. No se da abasto uno para tantos pasajeros”.

Las cifras no están claras. “Se habla hasta de 70% de déficit. Líneas que han perdido esa cantidad. Los paliativos han sido pocos”, cuenta un empleado del Instituto Municipal de Transporte Colectivo Urbano (Imtcuma). Él también padece. Llevaba una hora en la parada de Curva-El Milagro.


La cola en las vans que van del centro a San Francisco —y viceversa— también es descomunal. “La espera es larga, el viaje se hace rápido. Hace falta un plan especial de autobuses. Ya esto no se aguanta”, propone Esmeiro Farías, en la parada en el sur.


Las alarmas se adelantaron. Ya la rutina pasó a ser más tempranera. “Tengo que salir a las 6:00 am de mi casa, y entro a trabajar a las 9:00 am. He probado y si salgo a las 6:10 am, ya no me da tiempo”, apunta Laura Rivas, una estudiante que se siente privilegiada. Vive cerca de Galerías y solo toma un por puesto al día.


Cuando llega el bus viene el desorden. No es el fin de las incomodidades. Al contrario. “En una buseta de 24 pasajeros pueden meter hasta 50. Todo depende del colector y de la tolerancia de la gente. A veces hay quien pelea, otros aguantan callados para que el bus arranque”, se apresura a decir Luis Olivares, otro pasajero.

—Chama, chama... ¡Hey, vos, la de rojo! Meté el bolso por un lado y entrá de ladito ahí. Espalda con espalda— exige el colector de Raúl Leoni a una estudiante en la avenida La Limpia. Son las 8:30 y hay que meter más gente. Toda la que se pueda.

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